La izquierda “desembarazada”

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar.”

Martin Niemöller (1892-1984, pastor luterano alemán)



La cita precedente -que muchas veces se le ha adjudicado equivocadamente a Bertolt Brecht, porque éste la utilizó en su obra “El camino”- fue pronunciada como parte de un sermón en la Semana Santa de 1946 por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984).

Se la ha utilizado frecuentemente como alegato sobre la necesidad de luchar en contra de la persecución contra cualquier ser humano y contra toda forma de discriminación, pero también como planteamiento ético referente a la importancia de preocuparnos por el otro y de ver sus sufrimientos como propios.

Está muy bien este alegato y siempre emociona. Lo que pocas personas saben es que Niemöller no lo planteó con estos criterios éticos, sino como una suerte de confesión. Fue exactamente así. El pastor apoyó de forma entusiasta a Hitler y al partido nazi, hasta que los fascistas fueron por él. Precisamente, ya no quedaba nadie que pudiera defenderlo y protestar ante la injusticia.

Algo parecido está sucediendo con algunos sectores de la izquierda latinoamericana ante los embates del imperialismo norteamericano en el continente.

¿El fin del imperio?

Primero se aplaudió de forma entusiasta el triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Muchos creyeron que el cambio prometido iba a modificar sensiblemente la postura internacional de ese país. Y así fue.

Obama y el país que dirige estuvieron involucrados en una increíble cantidad de conflictos internacionales. Algunos de ellos directamente, en otros a través de asesores o contratistas y muchos de ellos fueron aupados por las respectivas embajadas de su gobierno y diversas operaciones de inteligencia.

Sin embargo, buena parte de la izquierda latinoamericana y mundial ha creído en el proclamado fin de la “guerra fría” y en un supuesto desmontaje de las políticas imperiales de injerencia en nuestros países.

Como “muerto el perro, se acabó la rabia”, más bien algunos de estos sectores han promovido vínculos estrechos con los Estados Unidos en los más diversos ámbitos, desde académicos y científicos hasta comerciales. Muchos ven a este país solamente como a un cliente gigante, al que sería una injusticia no lograr venderle algo.

Las actitudes injerencistas norteamericanas denunciadas por algunos de los gobiernos de izquierda son vistas más bien como un resabio del pasado, o como una imposibilidad de adaptarse a los nuevos tiempos, o incluso como razonables preocupaciones del gobierno de ese país sobre temas humanitarios y de derechos humanos.

Derechos humanos que Estados Unidos ha protegido y protege de forma bastante llamativa: a los bombazos.

Aquellos no son los nuestros

No pareciera necesario probar esa injerencia norteamericana. Golpes de estado (intentados y concretados) con su participación, financiamiento a grupos opositores de extrema derecha, actividades irregulares de su personal diplomático, desestabilización económica, por solamente mencionar algunos.

En el caso de las agresiones contra Venezuela, además de la probada participación de ese país en el golpe dado contra el comandante Hugo Chávez en abril de 2002 y el notorio apoyo al sector más radical de la derecha, una orden ejecutiva de Obama proclama a Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos” y una ley del Congreso de ese país establece diversas sanciones para “proteger” a los ciudadanos venezolanos del Gobierno que legítimamente se ha dado este pueblo.

Si esto fuera poco, en los más diversos foros internacionales se ha buscado impulsar condenas y sanciones contra Venezuela, a pesar de lo cual el país ha sido electo como integrante del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), así como de su Consejo de Derechos Humanos y ha recibido los más importantes reconocimientos de la FAO y la Unesco por sus planes de acceso a la alimentación y a la educación.

Sin embargo, algunos sectores de la izquierda latinoamericana -arropados en diversos “ismos” por un lado o en una postura “liberal de izquierda” por el otro- se empeñan en marcar distancia con la Revolución Bolivariana y con otros de los procesos que le han hecho frente a ese imperio.

Se plantean “nosotros no somos así”, “ustedes los caribeños son bastante folclóricos”, “no me vengas con el pajarito” -u otras- son frases recurrentes en algunos puros y prístinos representantes de las izquierdas continentales, con argumentos tan sólidos como “lo que pasa es que Chávez es (o era) milico” o “no me gusta Maduro”.

Otros cuestionan que se le venda petróleo a Estados Unidos o que no se hayan “expropiado todas las empresas y las cadenas de distribución para construir el verdadero socialismo”, “es el problema de los gobiernos populistas” nos dicen, mientras otros simplemente acusan a los venezolanos y su gobierno de la más absoluta corrupción, ignorancia e ineficiencia.

El centro de la cuestión es marcar las distancias, las diferencias, lo que nos hace distintos. Lo que a mí me hace bueno y al otro malo.

Acá las cosas son muy distintas”, “eso no nos va a pasar a nosotros”, “por suerte aquí la política (o la economía, o las relaciones internacionales, o lo que usted quiera) se hace de otra manera”, se escucha a lo largo y ancho del continente.

Y mientras tanto…

Y mientras tanto los gobiernos progresistas caen, pero claro… Siempre hay un pero.

Es que el peronismo y Cristina no son de izquierda”, proclaman los súper puros. “Es que a Dilma y al PT se los comió la corrupción”, dicen también. “Y bueno, a Evo se le acabó su liderazgo entre los indígenas”, sentencian iluminándonos con su sabiduría. “Gracias a dios, aquí estamos bien”, rematan.

Lo cierto, es que esos sectores no están viendo de qué manera se producen los más diversos ataques contra los gobiernos de izquierda y asumen como ciertas las “noticias” de CNN en español (su principal fuente de información global) y los discursos de las más rancias oligarquías del continente.

Nuestros esclarecidos amigos en el continente más bien empiezan a buscar al “menos derechista” de los dirigentes emergentes para sacarse la foto e ir empezando a tejer alianzas que serán utilizadas “después de la caída”.

Subyacen detrás de este tipo de propuestas, algunos supuestos bastante burdos, que van desde el racismo más o menos explícito, una ignorancia provinciana fuera de todo parangón, egoísmos que rivalizan con cualquier otro “ismo” que se quiera reivindicar, cuando no simplemente claudicación de las causas y luchas por las que hasta hace no mucho tiempo se proclamó la disposición a dar la vida.

Se renuncia al método científico, al análisis de las fuerzas en pugna, al estudio de la realidad concreta, incluso a la lectura de fuentes diversas... simplemente se adopta el discurso hegemónico. No pareciera esta una actitud muy de izquierda, aún cuando esté adornada de la fraseología pertinente.

Lo único que piden Venezuela y los otros procesos revolucionarios del continente es la misma solidaridad que estuvieron dispuestos a entregar y que hicieron posible la hegemonía progresista en el continente más desigual del mundo.

No se trata de inclinar la cabeza, sino de ser capaces de derrotar los propios prejuicios para ver lo que está detrás de las burdas caricaturas de realidad que nos muestra la tele; de entender que allí en Venezuela, en Ecuador, en Cuba, en Bolivia, en Brasil, está “el otro”.

Ese otro es el que me hace diverso, plural, distinto, transformador, iconoclasta, revolucionario… es el que me hace de izquierda.

Pretender “desembarazarse” de estas otras experiencias equivale a “despreñarse”, a abortar los sueños de redención de la humanidad, a uniformizar el discurso en torno a lo permitido o tolerado por los sectores hegemónicos. Equivale a rendirse ante el imperialismo.

Si no defendemos a estos otros, quizás dentro de poco debamos lamentarnos porque “Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

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